En el año 2.000 un grupo de científicos especializados en psiconeuroinmunologia de la UCLA crearon un proyecto para investigar las propiedades de la risa en el tratamiento de enfermedades como el cáncer, donde el componente psicológico es tan importante. Para generar esas risas se proyectaron películas cómicas clásicas a enfermos graves; en su mayoría niños. (55)
La investigación duró cinco años y los resultados fueron realmente sorprendentes: Se demostró que la risa podía hacer olvidar el dolor y el miedo haciendo así desaparecer el efecto inmunodepresivo posibilitando que el organismo luchara con más energía contra la enfermedad. (96)
Pero lo más sorprendente fueron sus efectos cardiovasculares. Se demostró que unas 100 risas tenían el mismo resultado en el organismo que 10 minutos de remo. Un ejercicio que para algunos de los ingresados sería del todo imposible hacer de otra manera. (138)
Pero había un problema, el problema del propio género: la comedia es menos graciosa la segunda vez que la ves. Los científicos se vieron obligados a hacer categorías de las películas para recetarlas según fuera la necesidad de risa del enfermo. (179)
Tras comprobar la reacción de los pacientes no hubo ninguna duda sobre quiénes eran los que mejor destrozaban depresiones y hacían desaparecer cualquier dolor… y eran familia. (206)
Y es que como escribió Aaron Sorkin: «Nadie es más gracioso que los Hermanos Marx». (221)