221 palabras sobre el riñón del Tano y del Lucho Galetti

Finales de los años 90. La Plata, Argentina. El joven Lucho Galetti se come la cancha. Pelea, corre, la toca, golea. Completísimo. Los dirigentes de Estudiantes se frotan las manos; saben que su futbolista dará el salto a Europa e ingresarán mucho dinero. En una gira por México con la selección sub 20 argentina contrae un extraño virus. Pero no le afecta, nada cambia (64). Lucho crece como jugador. Traspaso al Napoles, luego Zaragoza, Atlético de Madrid y Olympiacos. Mejora la carrera de su padre, el Tano Galetti, que debutó en Boca, jugó en River y triunfó en Estudiantes, pero nunca cruzó el charco. Lucho se empieza a sentir mal en Grecia. Está a punto de cumplir 30 y ha perdido la fuerza. De un día para otro, le ingresan y le obligan a retirarse. Se acabó. Aquel virus se ha manifestado y un riñón ya no le sirve. No puede jugar más. Casi tres años después todo encaja (158). El Tano, su padre, le da el pase de gol más bonito que se puede dar, le dona un riñón y su hijo, orgulloso, de cama a cama, le promete volver al fútbol. Acaba de salir del hospital y se plantea estar en forma para enero de 2013. Lo tiene muy claro, sólo piensa en cerrar el círculo: “Me quiero retirar en Estudiantes” (221).